Maximiliano
- Gustavo Lira
- 14 jun
- 1 min de lectura

Ayer en la tarde estaba en El Huizachal con mi primo, Juan José.
Acabábamos de comer carne asada con nopales, y él mencionó algo que yo nunca había escuchado.
Me dijo que nuestro bisabuelo, por parte de la mamá de mi papá, Román Orta, pudo haber sido hijo de un soldado que sirvió bajo Maximiliano.
Yo sabía que Maximiliano fue fusilado en Querétaro en 1867. Después de eso, no todos los hombres conectados con ese lado de la guerra simplemente desaparecieron. Algunas tropas francesas se fueron. Algunos soldados extranjeros tal vez se quedaron. Algunos soldados mexicanos también pelearon del lado imperial. Y algunos hombres ya llevaban suficiente tiempo en México como para tener relaciones, hijos, trabajo, idioma y una vida.
Tal vez exista un acta de bautizo de Román Orta. Tal vez un acta de matrimonio. Tal vez un acta de defunción. Algo que nombre a sus padres. Algo que muestre si su padre era francés, extranjero, soldado, o simplemente nos dé un nombre para seguir buscando.
Pero aun antes de encontrar los documentos, la conversación se me quedó. La identidad posiblemente expandiéndose a través de fragmentos del pasado.
Las historias familiares no siempre nos llegan como hechos limpios. A veces llegan en pedazos. Un nombre. Una fecha. Una posibilidad. Un primo diciendo: “yo escuché esto,” mientras estás sentado con él después de una comida.
Y tal vez el trabajo no sea exagerar la historia ni descartarla.
Tal vez el trabajo sea respetarla lo suficiente como para seguir haciendo mejores preguntas.
Mantener la curiosidad.
Eso se siente cierto para la historia familiar.
También se siente cierto para la vida. Manteniendo la curiosidad.
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